La idea, sin fórmula mágica
Si dejas 1.000 € al 5 % anual, al acabar el año tienes 1.050 €. El segundo año el 5 % ya no se calcula sobre 1.000 €, sino sobre 1.050 €, y sumas 52,50 €. Esa diferencia de 2,50 € es el compuesto. Parece ridícula. A treinta años, con aportaciones, deja de serlo. El interés simple, el que solo mira el capital inicial, no es el que te da un fondo ni un depósito que capitaliza. Por eso las comparaciones «al 5 % en diez años» que multiplican 5 por 10 y dicen 50 % se quedan cortas: olvidan los intereses de los intereses. Y las que prometen duplicar en dos años están hablando de otro producto, normalmente de un riesgo que no cabe en esta cuenta.
La calculadora de interés compuesto aplica la capitalización mes a mes, que es la que se parece a una aportación automática el día de la nómina. No hace falta un Excel.
Un ejemplo con aportación
Empiezas con 1.000 € y aportas 150 € al mes, al 5 % anual, durante 10 años. El dinero que has puesto de tu bolsillo son 1.000 € más 18.000 €, 19.000 €. El capital al final queda por encima, en el entorno de los 24.000 €, porque cada cuota lleva meses o años cobrando interés. La diferencia son intereses, no un regalo desligado del riesgo del producto que elijas. Si el 5 % era una estimación y el producto acaba en el 3 %, el resultado baja, y conviene rehacer la cuenta en lugar de enfadarse con la fórmula. La calculadora deja el tipo editable precisamente por eso.
Súbele el plazo a 25 años con la misma cuota y el mismo tipo. El dinero aportado pasa a ser 1.000 € más 45.000 €. El capital final se acerca al doble de lo aportado, en números redondos, porque las primeras cuotas llevan dos décadas trabajando. Ese es el argumento del plazo, y también su trampa: hay que poder mantener la cuota. Una cuota que ahoga el mes se cancela en el primer imprevisto, y el compuesto se queda en el ejemplo.
La inflación no es un detalle
Esos 24.000 € de dentro de diez años no compran lo que 24.000 € compran hoy. Si los precios suben un 2 % anual, el poder de compra crece menos que el saldo. Restar mentalmente la inflación del tipo es una forma rápida de no engañarse: un 5 % nominal con un 2 % de inflación se parece a un 3 % real, y la cuenta exacta es (1,05/1,02)−1, no una resta. La calculadora de inflación enseña cuánto vale un euro de hoy dentro de unos años. Usar las dos y sumar las ganancias es contar la inflación dos veces, una en contra y otra a favor. Elige un idioma: o todo en euros de hoy, o todo en euros futuros, y no mezcles.
Del objetivo a la cuota
A veces no partes del dinero que puedes aportar, sino del dinero que quieres tener. Una entrada, un colchón, un máster. La pregunta se da la vuelta: qué cuota mensual, a un tipo prudente, llega a esa cifra. La calculadora de ahorro para un objetivo responde con la cuota de una anualidad de final de mes. Si la cuota no cabe, alarga el plazo antes de subir el tipo en la hoja para que el número te guste. El tipo no sube porque lo escribas más alto. Sube si el producto de verdad lo paga, y entonces el riesgo también.
Esa cuota tiene que salir del presupuesto, no de lo que sobre. En la regla 50/30/20 vive en el bloque de ahorro, el día que cobras. Automatizarla es la mitad del interés compuesto. La otra mitad es no tocarla cuando el saldo ya parece «suficiente» a los tres años, que es cuando el efecto todavía no se ha visto y la tentación de gastarlo es máxima.
Lo que la fórmula no decide
La calculadora no elige el producto. Un depósito al 2 % garantizado y un fondo que históricamente ha dado más no son la misma línea de la hoja. El tipo que pongas debe ser uno que estés dispuesto a defender, no el mejor año de una gráfica. Las comisiones se restan del tipo: un fondo con un 1 % de coste anual no rinde el índice, rinde el índice menos ese 1 %, y a treinta años ese uno se nota tanto como el compuesto que buscabas. Revisa el tipo una vez al año. No hace falta mirar el saldo cada semana. El compuesto trabaja en silencio, y la única forma de estropearlo pronto es interrumpirlo.
La misma cuota, tres plazos
Doscientos euros al mes, sin capital inicial, al 4 % anual. En 5 años has puesto 12.000 € y el extra de intereses todavía es modesto, unos pocos cientos de euros, porque el dinero ha tenido poco tiempo. En 15 años has puesto 36.000 € y el capital final ya se separa de forma visible de lo aportado. En 30 años has puesto 72.000 € y los intereses acumulados pesan tanto como una parte grande de las aportaciones. No hace falta memorizar el saldo exacto: hace falta ver que duplicar el plazo no duplica el resultado, lo agranda más, y que parar en el año cinco es quedarte en la zona donde el compuesto casi no se ha notado. Por eso el plazo es la variable que más duele cambiar, y la cuota es la que debes poder sostener.
Si el 4 % te parece pesimista, repite la hoja al 6 % y al 2 %. El escenario del 2 % es el que tiene que seguir sirviendo para tu objetivo. El del 6 % es una buena noticia si llega, no una factura que ya hayas gastado. Y una vez al año, mira solo tres cosas: que la transferencia sigue saliendo, que la comisión del producto no se ha comido el tipo, y que el objetivo no ha cambiado de fecha. Lo demás es ruido.
Si un año el saldo baja, no es que la fórmula se haya roto. Es que el tipo de ese año no fue el 4 % medio. La media se construye con años buenos y malos. Seguir la transferencia en un año malo es, precisamente, lo que hace que el plazo largo exista.