La etiqueta grande no es la cuenta
En el lineal se ve el precio del paquete y, si tienes suerte, el precio por kilo en un número pequeño. El ojo se va al paquete. Un formato de 750 g a 3,10 € parece «más caro» que uno de 400 g a 2,40 €, y por kilo es al revés: 4,13 € frente a 6 €. Esa división es toda la matemática. La calculadora de precio por kilo la hace y declara un ganador solo cuando las dos unidades son comparables. Los 2,40 € y los 3,10 € no son un precio de mercado ni un dato del INE. Están para que la división se pueda seguir con una calculadora de bolsillo. En la tienda se sustituyen por la etiqueta.
Mil gramos son un kilo. Mil mililitros son un litro. Si la etiqueta dice 400 g, divides el precio entre 0,4. Si dice 75 cl, son 0,75 litros. El error habitual es dividir entre 400 creyendo que el resultado es «euros por gramo» y compararlo con otro que sí está en kilos. Las dos cifras tienen que estar en la misma unidad o la comparación no significa nada.
No se compara un kilo con un litro
El aceite, la leche y el detergente a veces se venden por litros y a veces por kilos. Un litro de aceite no pesa un kilo. Si una etiqueta está en mililitros y la otra en gramos, la calculadora no elige ganador, y hace bien. Pasar de una medida a la otra exige la densidad, que no viene en el precio. Cuando dudes, compara solo productos que usen la misma magnitud. Si los dos traen el precio por litro impreso, usa ese y no rehagas la cuenta para que gane el que ya llevabas en la mano.
Tampoco compares un producto con otro que no es el mismo. El kilo de solomillo y el kilo de carne picada no compiten. El kilo de la marca blanca y el de la marca del anuncio sí, si el uso que les vas a dar es el mismo. La página no entra en la calidad. Entra en el euro por unidad. Decidir que pagas más por un sabor es legítimo. Decidirlo sin haber visto la diferencia por kilo es dejarse llevar por el tamaño de la caja.
Ofertas que cambian el precio antes de dividir
Un 3×2 no se mete en la calculadora como un porcentaje suelto. Cuentas lo que pagas por las tres unidades y la cantidad total, y ese es el precio y la cantidad. Si ibas a comprar una unidad, el 3×2 no es una ganga: es más gasto. La misma cautela vale para un 20 % más un 10 % extra. No son un 30 %. El precio final se obtiene multiplicando, y esa cuenta está en la calculadora de rebajas. Trae aquí el precio ya rebajado, no el tachado.
El precio tachado, cuando la tienda anuncia una reducción, debe ser el más bajo aplicado a ese producto en los treinta días anteriores. Lo explica el Ministerio de Comercio. Un porcentaje bonito sobre un precio que no existió no abarata el kilo. Compara el euro que te van a cobrar, pasado a kilo o a litro, con el euro de al lado. Si el de al lado no tiene cartel y sale más barato por kilo, el cartel sobra.
Lo que el kilo barato no resuelve
Un formato de dos kilos sale a mejor precio y se estropea en la nevera si vives solo y el producto dura cuatro días. El coste real es lo que comes, no lo que tiras. La calculadora no descuenta la merma. Si sabes que vas a tirar un tercio, el kilo útil es más caro de lo que dice la etiqueta y la oferta deja de serlo. Eso no se arregla con otra fórmula: se arregla comprando el formato que sí vas a terminar.
Tampoco entra el desplazamiento. Cruzar la ciudad para ahorrar cuarenta céntimos el kilo en un solo producto no compensa el tiempo ni, si vas en coche, el combustible. El coste de mover el coche está en otra página, la del coste mensual del coche, y no se suma aquí para no mezclar una compra con un presupuesto de transporte. Sí conviene tener las dos ideas en la cabeza el día que el «supermercado barato» está a doce kilómetros.
Un hábito de diez segundos
Antes de soltar el paquete en el carro: cantidad, unidad, precio, división. Si la etiqueta ya trae el precio por kilo en cifras legibles, léelo y compara ese número, no el del paquete. Si no lo trae, usa la calculadora o el móvil. No hace falta apuntar la cesta entera. Hace falta hacerlo en los cuatro o cinco productos que de verdad mueven el ticket: aceite, detergente, café, carne, el lácteo que compras cada semana. El resto del carro cambia poco la decisión.
Y cuando el producto entra en una comida de Navidad o en una compra del mes, el euro final —no el porcentaje— es el que va al presupuesto. Un kilo bien comparado que no necesitabas sigue siendo gasto. Uno mal comparado que sí necesitabas es el sitio donde diciembre y la cuesta de enero se encarecen sin que nadie lo anote como capricho. Parece compra sensata. Solo era un paquete grande.